Ana Sofía Quiceno Vásquez

La temperatura es de 33°C y son las tres de la tarde en el sector de Cerritos, allí solo
se encuentran casas campestres, viveros, fábricas y fincas de ‘veraneadero’, está ubicado a
las afueras de la ciudad de Pereira y es uno de los sectores rurales más visitados por los
pereiranos. En una de las fincas de allí, en la ruta que conecta a Pereira con Cartago, Valle,
se alcanza a ver un hombre con sombrero de iraca y tapabocas que poda una parcela, pero
al levantar la mirada se ve una mujer extendiendo unas toallas en uno de los balcones; es
común encontrar en cada una de estas fincas personas encargadas de mantener las
construcciones limpias y listas para pasar un buen fin de semana.


Me recibe la mujer que vi unos minutos antes en el balcón, es la ‘agregada’, y me
invita a pasar a la sala de la casa; es una mujer de casi 45 años, de 1,60 de altura, un poco
robusta, tiene la piel del cuerpo bronceada y la cara con manchas, que se nota que
aparecieron después de mucho trabajo bajo el sol. Es una mujer tímida que muestra una
sonrisa que no duda en mostrar antes de hablar, sus cachetes se sonrojan constantemente
cuando habla de sí misma, ella cuenta orgullosa la familia que tiene, los obstáculos que han
pasado hasta llegar a este lugar que los ha llenado de tranquilidad, vive con su esposo y dos
de sus hijos, pero antes de poder disfrutar de lo que tiene pasó por una época ‘tormentosa’,
como Diana dice.

Nació en Playa Rica en una familia campesina tradicional y es la tercera de cinco
hermanos, cuando cumple 10 años su padre los abandona por la difícil situación económica,
lo que llevó a su madre a trabajar más tiempo en fincas cafeteras cocinando para más de
300 trabajadores, y a sus hijos les tocó salir de la escuela, almorzar, quitarse el uniforme e
ir derechito a ayudar a su madre en la cocina y recolectar café; eran momentos difíciles y
Diana recuerda con tono nostálgico los días que no tenían qué comer y el desespero que
sentía al encontrar a su madre en esa situación de impotencia.


En Colombia el 47% de la población rural son mujeres y muchas de ellas
sobreviven con un ingreso inferior al salario mínimo, Diana con tan solo 10 años se
preocupaba por la situación de su familia, ella quería tener una mejor vida. La hacienda
cafetera donde trabajaban era en Combia, su dueño era un hombre conocido por ser
peligroso y de poder en la ciudad, Diana era una niña bonita e ingenua, y tuvo la desgracia
de que el patrón le ‘echara el ojo’, él con 50 años y la costumbre de fijarse en niñas muy
menores, se aprovechó de ella y le prometió mil cosas para llamar su atención. La mamá de
Diana era precavida y se encargaba de decirle a su hija los peligros que podría traer fijarse
en un hombre como esos, le explicó que la vida requería de esfuerzos para tener lo que
quisiera y que en cambio no debía esperar que llegara un hombre a ofrecerle lujos. Para
prevenir problemas dejaron el trabajo y se mudaron a la ciudad, se fueron a pagar arriendo,
pero el patrón quedó debiéndole la liquidación a su madre solo para ir detrás de Diana,
“siempre nos encontraba”.

Una niña de 15 años con la oportunidad de salir de la pobreza y de los problemas,
decide aceptar la propuesta de un hombre mucho mayor para poder llevar una mejor vida,
porque pensó “aquí cogí el cielo con las manos”. Una tarde le dijo a su madre que iría a
comprar los huevos, pero en realidad se escaparía con el hombre y comenzaría una época
de tormento. Sin saber qué hacía Diana terminó primero en una casa de familia, el hombre
la estaba escondiendo, ella era menor de edad, él esperaba el momento de que su mujer se
fuera para poder llevarla a ella a vivir en la finca. La sociedad colombiana es machista y
esto es más pronunciado en los sectores rurales, Diana fue una mujer que no se escapó de
sufrir este fenómeno, el hombre que le prometió una vida perfecta la comenzó a maltratar.
Ahora ella tiene 18 años y está embarazada, había abandonado el estudio desde hace
algún tiempo para cumplir los deseos de su pareja. El 12, 6 % de las mujeres rurales en
Colombia que son mayores de 15 años no saben leer ni escribir, no reciben educación y
nunca han asistido a una escuela, es difícil ir hasta las sedes educativas por la lejanía, pero
para Diana no importaba, prefería ‘pegarse’ la caminada para poder escapar unas cuantas
horas de su realidad. Ante la impotencia y el deseo de querer irse y abandonar la vida que
llevaba con el ‘maldito viejo’, decide retomar el estudio después del parto en la jornada
nocturna; su motivación era dejar al hombre atrás y tener una mejor vida para ella y su hija.
La bebé tiene tres años, se queda con el papá mientras Diana estudia, en la canchita
de afuera de la escuela unos muchachos juegan un torneo de fútbol, entre ellos hay un joven
que llama la atención de Diana, “yo hice todo el trabajo para conquistarlo”, era arriesgado y
difícil enamorarse, porque si ‘el maldito viejo’ se enteraba le traería muchos problemas,
pero ella no sabía lo que era el amor y estaba decida a conocerlo, le escribía cartas y las
intentaba mandar con los amigos de él, a lo que todos le exigían ‘una prueba’ o ser antes
novia de ellos para poder hacer el encargo, ella como una mujer de carácter y directa,
rechazó todas las condiciones, “si no me hacen el favor, yo soy capaz de hacerlo”, lo
esperaba a que saliera del trabajo y le entregaba las cartas.


Por ahí dicen que las paredes escuchan y los trabajadores también lo escuchan todo,
uno de ellos fue a contar el amorío que estaba llevando, y como consecuencia recibió una
paliza que la dejó destruida, recuerda las palabras que él le dijo: “si se va a largar con ese
mozo, no se me lleva la niña, que ella no tiene porqué ir a sufrir en esas casas tan feas y tan
pobres”. Diana se escapó con su hija no estaba dispuesta a aguantar más, ella no entendía
por qué le pasaba eso, el preguntarse por qué le tocó nacer pobre era algo de todos los días
“El error más grande fue haberme quedado en la misma vereda”, después de que se
escapó la primera vez con su hija siguió viviendo en Combia, ellas eran una constante
tentación, porque él seguía tomando esa ruta y las veía todas las semanas; la nueva pareja
de Diana se llenaba de pánico, pensaba que lo matarían por estar con ella, pero siempre la
acompañó y por el amor que le tenía hasta se ajuició y dejó todas las novias que tenía. Unos
días más tarde, llegó el hombre y armó un escándalo, desde afuera se escuchaban los gritos,
que reclaman y exigen a la niña, Diana no tenía modo de enfrentarse a él, era imposible, un
hombre que todos conocían, las personas preferían no meterse con él; al final él lograba
llevársela siempre.

Han pasado ocho meses desde que se separó de ese hombre, Diana no ha podido
recuperar a su hija, ella vive con el papá, además está otra vez embarazada de su nueva
pareja. Ella trabajó hasta que le dio la barriga en una morera junto con su novio, donde se
cultiva el gusano de seda, pero después de dejar de trabajar se levantó el embarazo en la
casa del padre de su hija. Pagar una empleada para cuidar niños es muy común, pero para
Diana esta no era la mejor opción para su hija, al ver como el hombre pagaba a mujeres
para hacer este trabajo, con tal de no dejársela a Diana, ella se levantaba temprano a
despachar a su novio para ir caminando hasta la finca y estar con su hija, pasaba el
desayuno, almuerzo y comida con ella, para después volver a su casa.

Diana está corriendo por una trocha, lleva a su hija en los brazos y lo único que se
escuchan son disparos al aire, el miedo que siente es indescriptible, pero ella sigue
corriendo sin mirar atrás, por los alambrados se lastima las piernas, pero se aferra tanto al
valor que no hace caso a los insultos que está recibiendo, “usted no se la puede llevar, usted
es una pobre”, es una mujer que corre contra las injusticias de un país. Después de que
logra salir de la trocha, llega donde una vecina y le pide que le de posada, que por favor las
esconda, pero como todos le tenían miedo y lo único que pensaban era que ella les traería
problemas, así que solo recibió un no por respuesta. Decidió ir donde los papás de su
pareja, es un rancho pobre y pequeño, logró quedarse un tiempo allá, pero no la pasó muy
bien, los padres solo renegaban del peligro que corrían y cuestionaban a su hijo por la
mujer en la que se había fijado.


La ciudad es la única alternativa, se van a vivir a Villa Santana, alejados de ese
hombre; Diana piensa que es la mejor decisión que pudo haber tomado, pero días después
llega él junto con la policía, el uniformado que está encargado es conocido de los dos y por
eso prefiere llevarse la niña entregarla al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar; Diana
una vez más se queda sin su hija. Se abrió un caso para la niña, la pelea de la custodia,
investigación de las familias, evaluación de los recursos que cada uno tenía, miles de
procesos lentos y burocráticos comunes en Colombia, mientras Diana se encontraba en la
lucha por su hija, la niña vivió en hogares familiares del ICBF hasta cumplir diez años; al
ver la falta de estabilidad económica de Diana el Estado falló en contra de ella, su hija
debía quedarse con el padre; tiempo después salieron rumores de que él compraba las
secretarías, unos abonos o regalos le ayudaron a gestionar el caso.


Diana no se quedó con ella, pasó muchos años intentando verla, pero el padre se
encargaba de convencer a su hija de que Diana los había abandonado, los había cambiado
por un ‘indio’, los malos comentarios abundaban, las personas juzgan la situación diciendo
que ella tuvo la culpa de haberse ido con él en un principio; pero nadie estos que hablan no
saben lo que es vivir en una situación precaria como muchas mujeres de la población rural
en Colombia, sin educación y sin experiencia de saber tomar ‘buenas decisiones’.
La única forma de escapar de esa vida y empezar una nueva era buscando un
trabajo, así que mientras vivía en un ranchito cuidando a su segundo hijo escuchaba la
radio, la emisora de la Policía Nacional, Diana empezó a buscar casas campestres y fincas
para ir a trabajar, en los anuncios dictaban los teléfonos de los lugares que necesitaban
matrimonios, coger un lápiz y escribir volando fue la tarea que hizo durante muchas tardes,

después iba a pedir un teléfono prestado para averiguar por el trabajo, aprendió a llenar
hojas de vida, prepararse para entrevistas de trabajo, y así logró llegar al lugar que tanto le
ha dado tranquilidad. Donde le gusta levantarse para ir a trabajar la tierra y después pasar la
tarde en el balcón.


Diana tuvo muchos momentos de miedo pensando que nunca la querría, que no lograría
tener a su hija, pero cuando por fin se dio la oportunidad de empezarla a ver, se convenció
de que nada le impediría ser una madre, “poquito a poquito le fui contando la historia
como era” y así logró llegar a su hija, ahora ella tiene 22 años y tienen una muy buena
relación, ella la visita en las fincas donde trabaja Diana, pasan fines de semanas enteros y
salen a disfrutar de la ciudad. Recuerda la historia viendo que valió la pena la lucha.

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Programa de Comunicación Social - Periodismo - Universidad Católica de Pereira 

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